Desde hace un
año y medio y contando un poco más, hay un lugar frente a mi segunda casa que
se ha convertido en mi tercer hogar, el lugar que muchos temían y que pocos se
arriesgaban a ir, pero es el lugar en donde está la esencia de donde nació el
gran trabajo de Don Bosco.
La llegada a
esta nueva casa fue en la circunstancia menos esperada, muchos fueron los
llamados, pocos los que nos quedamos, y aunque al principio hubieron pequeñas
dificultades en la adaptación y la aceptación, nos ganamos con la constancia y
la perseverancia un pequeño lugar pero cariño desbordante. No somos sin embargo
esenciales, sino importantes para que un poquito de nosotros tuviera cierto
efecto en aquella realidad que pocos quieren conocer.
Los grandes
maestros de esa casa, son unos pequeños a veces de mediana y gran estatura los
que en un día especifico enseñan más que un libro de social, los que observan
en silencio y aprenden en sigilo lo que creemos que no escucharon.
En un segundo
momento en que la casa de mi vida construida sobre arena cayó, mi tercera casa
me ayudó a reconstruirla, pero con una base de piedra lo más firme que pude
poner.
Ha sido para
mí una experiencia que no esperé encontrar, me prueba a mi misma si realmente
deseo aportar algo a la gran obra de Don
Bosco, prueba mi perseverancia, prueba mi compromiso, prueba sobre todo si hay
amor convertido en la alegría de hacer las cosas.
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