En el último día de mi tercer año
en la universidad, regresaba después de las 7 de la noche, pensando en todo lo
que quería escribirte, en enviarte la
poca energía que tenía en fuerza hecha letras, llegué a casa cansada, con frío,
pero quise obviar todo lo que me aquejaba y comencé a escribirte:
“Hola mi vida, yo sé que todo esto ha
sido difícil para usted pero me enorgullezco de la fuerza que ha
tenido para enfrentarlo. Ánimo, se que a veces las palabras no pueden hacer
mucho, pero son un medio grande para alimentar el alma, darle fuerza al espíritu
y animar el corazón, no se rinda mi cielo, todos los que lo amamos tenemos la
fe puesta en Dios que hará maravillas con usted y que si ha podido superar
circunstancias similares esta no será la excepción. Tenga presente que
está siempre en mis oraciones, mis pensamientos pero sobre todo en mi corazón, ...”
jueves, 09 de diciembre de 2010 08:55 p.m.
El párrafo se quedó
inconcluso, pues apenas y tenía aire
para darme cuenta que ya te habías ido, no supe qué hacer más que llorar y ahogarme en todo el dolor que se apoderó
de mí, sentí la necesidad de negarlo, pues fue demasiado para la debilidad que
en aquel entonces tenía, no me creí fuerte ni capaz de enfrentar tu partida
pues te amaba con toda mi alma.
Ya pasaron dos años, y algunas
circunstancias me han permitido ser más fuerte ante tu ausencia, no volví a ver
la vida igual después de que te fuiste,
pero puedo asegurarte que ahora no soy la que conociste, soy una persona
fuerte y a la vez débil pero no ante las mismas circunstancias de cuando
estabas conmigo, he podido enfrentar lo que no creí en aquel entonces, pero
sobre todo pude levantarme después de tu partida.

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